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sábado, 31 de enero de 2009

La abuela del nazareno...

La abuela del nazareno

Ayer fue el primer día que salió de nazareno. El niño, un corujo, encaste y reata en el sentir de Sevilla, desde el Viernes de Dolores estaba con la perra:

-- Venga, venga, yo quiero vestirme de nazareno, que hoy es ya Semana Santa...

Le tuvieron que poner las sandalias para conformarlo, y con ellas se pasó toda la mañana del Domingo de Ramos dando vueltas por la casa, haciendo con la boca el sonido de los tambores y las trompetas. Costó Dios y ayuda, y una llantina importante, quitarle las sandalias de nazareno, porque con ellas quería ir a ver la Borriquita. Se pasó la tarde diciendo a sus primos:

--- Yo tengo unas sandalias y un capirote blanco, y una túnica, porque ya soy nazareno...

Todo el Domingo de Ramos se lo pasó diciendo que ya era nazareno. Lo decía a los otros nazarenos, de los pocos que, con la lluvia, pudo ver en las sillas, cuando empezó a hacer su bola de cera. Acercaba el papel albal con las pocas, primeras gotas de cera, y le decía a todos los nazarenos a los que pedía cera, dándose importancia, de colega a colega:

--- ¿Tú no sabes que yo también soy nazareno? Y tengo unas sandalias...

Y llegó el día. Fue ayer. El sevillanito se pegó un madrugón que ni mañana de Reyes Magos. Con mayor gozo. Su mejor juguete estaba allí: la túnica, las sandalias, el capirote, el breve cinturón de esparto de apenas cuatro dedos de ancho... La madre dormía aún, rendida de las caminatas y las mojaduras del Domingo, cuando entró en el cuarto:

-- ¡Mamá, venga, vísteme ya de nazareno!

A las diez de la mañana tuvieron que empezar a vestirlo. 

-- Venga, te voy a vestir, pero no te vayas a manchar la túnica, ¿eh?, que es blanca...

La madre, no sin emoción, cogió la túnica y se la puso. Le calzó los blancos calcetines, las sandalias. Entonces vino el problema. La madre, la verdad, es sevillana, sabe que su padre es número bajísimo en la Esperanza de Triana, está harta de ver el cuadro de la Virgen con la dedicatoria de la Junta en las bodas de oro con la cofradía. La madre, la verdad, se ha vestido de mantilla, ha ido a ver las cofradías de niña, de muchacha, de novia. De madre, con el carrito, como todas las madres que estrenan hijo sevillano el Domingo de Ramos. Sabe que la Virgen de Gracia y Esperanza era la que traía a la abuela sus recuerdos de muchacha, y comprende estos silencios, cuando pasa entre terciopelos verdes. Pero, la verdad, ahora, cuando está vistiendo al niño, como su padre era de la Esperanza de Triana y no sabe lo que es una túnica de cola, ve aquello y llama a la abuela:

-- Mamá, Ramón ya está vestido de nazareno, no veas la lata que me ha dado. Pero tengo un problema... Este pico que tiene la túnica, ¿qué se hace con él?

Y la abuela:

-- Hija, que pareces de Bilbao y no de Triana... Espérate, que ahora mismo cojo un taxi.

Y lo cogió. Y llena de gozo, al momento estaba allí. Con emoción le puso la cola a su nieto. La mejor puesta del mundo. No lo dijo, ni nadie le vio las lagrimas. Pensó en esta bendita tierra donde los nietos vuelven a la túnica de cola. Y se acordó de aquellas madrugadas de la vieja casa, cuando su madre le ponía al padre la cola de la túnica del Gran Poder.

Don Antonio Burgos Belinchón

P.D:Del tuenti de Pulido

miércoles, 14 de enero de 2009

Si es por cuestión de memoria...


Si es por cuestión de memoria
te voy a contar la historia
de tu macarena gloria
de la forma más sencilla.
Te voy a decir yo a Ti,
Niña Guapa de San Gil,
como te quiere Sevilla:
te quiere con mariquilla,
te quiere con tu fajín,
y tu mancha en la mejilla.
Que no es de Queipo de Llano
el fajín de tu cintura...
Que es tuyo, Esperanza pura,
pues te nombro el sevillano
Generala de hermosura
de tó el imperio Romano 
de los armaos con sus plumas.

Antonio Burgos Belinchón

lunes, 22 de diciembre de 2008

Macarenear...


Como cada soldado de Napoleón llevaba en su mochila el bastón de mariscal, cada sevillano tiene guardada en su ingenio una página genial para que se añada al diccionario con el relámpago de una palabra nueva, con el hallazgo de una comparación popular, con una voz de su invención que meta en tres o cuatro sílabas todo un mundo, como la vida entera cabe en los versos de una soleá. Un capataz del Arrabal y Guarda inventó un día el verbo «trianear», que es cruzar el puente y venir desde la otra orilla derramando arte y gracia con un palio o un paso de Cristo, para recordarle a esta banda de la ciudad heraclea que por algo tiene por santas patronas a dos alfareras que hacían loza fina y que se echaron de novio a Cristo como quien le habla a un mocito cartujano pintor de loza. Trianean los capataces y costaleros, como Manolo Bejarano, que al igual que los padres enseñan a andar a sus hijos, le enseñó a andar, con su inconfundible paso racheado, nada menos que al mismísimo Hijo de Dios, vecino de San Lorenzo. Trianean los cantaores del Zurraque y de la Cava con las viejas soleares de sirga y fragua. Trianea el Rocío, con la hermandad del Arrabal cantada en las coplas imborrables de los Hermanos Reyes desde una Castilleja que también trianea lo suyo en lo alto de su Cuesta. Trianean los alfares, trianean los recuerdos del muelle, trianean los pavías de la calle San Jacinto, trianean los vapores que iban a Sanlúcar con sus lentas ruedas de paletas a babor y estribor y que disfrazaban al Guadalquivir de Mississippi.
Pero hoy, que es 18 de diciembre; hoy, que junto al Arco ha bajado las alfombradas escaleras de su trono la Divina Gioconda y ha puesto allí, tan reinona, su Corte de incienso, merino y terciopelo verde para que todos los que la proclamamos Verdadera Madre de Dios vayamos a rendirle la pleitesía de un beso en las más perfectas manos de la más Hermosa Mujer... Hoy, que los viejos armaos salen de la memoria de antiguas madrugadas de pañuelos blancos por una saeta de Manuel Torre y se ponen sus galas de casamiento para entrar en la basílica al rindan armas de la emoción, tras echar un cigarrito en la charlita del atrio... Hoy, que los espejos de las tabernas de la calle Anchalaferia saben que en la verdad de la basílica se puede contemplar el auténtico rostro de la misma Esperanza que desde un viejo cuadro preside todas las cuarteladas de la Plaza... Hoy, que es día de badila y de alhucema, de niebla mañanera y de vaho de bufandas que compite con el humo de los calentitos del puesto de Alfonso en la calle Andueza... Hoy, que es Esperanza pura de Sevilla a los dos lados del puente, caigo en la cuenta de que Triana trianea con la Virgen como salida de un besamanos de los años 50, cuando Alfonso Jaramillo ganaba el concurso de «La melodía misteriosa» en «Cabalgata fin de semana» y traía a Bobby Deglané para que le regalara a La Que Estaba en San Jacinto, tal como hoy en Santa Ana, esta rosa de plata que en la mano lleva, bajo estas lámparas de Muranos celestiales, ante estas macetas de helechos tan de Corral del Cura, tan de casa de vecinos de la Cerca Hermosa. Pero si Triana trianea, hoy, que es día de la Esperanza, Sevilla no sevillanea. Sevilla, cuando quiere alcanzar la perfección, se mira en la cara de la Madre de Dios y hace como hoy: macarenea.

Un día me pregunté y me respondí a mí mismo:
¿Que qué es trianear?
Pues que un Cristo, hasta sentao,
ande sobrao de compás.

Hoy, que es día de la Esperanza, me pregunto: ¿Qué es macarenear? Y me responden los merlones de la muralla. Y me responde el tintineo de las mariquillas. Y me responde el Spes latino de la estampa del almanaque que cada año me manda Juan José Morillas. Y me responde una coronación de grandezas con una marcha de Gámez Laserna. Y me responde la saeta de La Marta. Y me responde la centuriana espada desnuda del Pelao. Y me responde la vara de hermano mayor de José Luis Pablo-Romero. Y me responden las campanitas del tintinábulo. Y me responde, rufando, el tambor de Hidalgo. Y me responden los ojos de estatua romana, ojos de llorar ante el Gran Poder, de los armaos:

¿Qué es macarenear?
¡Ver la cara a la Esperanza
y jartarse de llorar!


Don Antonio Burgos Belinchón,
Diario ABC de Sevilla

lunes, 24 de noviembre de 2008

Torralbo,el ultimo de los Ratones

Era 1945 y era Domingo de Ramos. Llovió. La Amargura se quedó sin salir. El capataz Rafael Franco le apuntó el jornal a su cuadrilla y los mandó a su casa. Los citó el Lunes en la Vera Cruz. Y sacaron la Vera Cruz. Y el Martes sacaron La Candelaria. Y el Miércoles, Los Panaderos. Y cuando acababan de entrar el palio de la Virgen de Regla, Rafael citó a la cuadrilla para el día siguiente, a las 9 de la mañana, en San Pedro. A las 9 de la mañana de un Jueves Santo. Y el costalero Manuel Torralbo, Triana pura, se atrevió a decirle:

—Rafael, ¿a las 9 de la mañana? ¿Es que vamos a barrer las calles?No. Iban a sacar La Amargura, que como no había podido salir el Domingo, lo hacía el Jueves por la mañana, en aquella Semana Santa tan viva y vivida, tan poco reglamentada. Pero sólo cuando, rotos y muertos de sueño, los peones ya estuvieron en San Pedro les dijo Franco que iban a sacar La Amargura. La pasearon por la mañana antigua de mantillas. Entraron a las 4 de la tarde. Y Rafael les dijo:—Pues ahora nos vamos a Montensión.—¿Sin almorzar?—Ya os darán allí un bocadillo.

Y sacaron Montensión. Y entraron el palio del Rosario a la 1 de la madrugada del Viernes. Y les dijo el capataz:

Y sacaron El Gran Poder. Y una vez dentro el palio de Mayor Dolor y Traspaso, se echaron a dormir por los portales, porque a las 4 tenían que sacar La Carretería, donde Rafael igualaba a sus Ratones de palio en el barco, para que saliera mejor por aquella puerta. Cuando entró La Carretería, la misma cuadrilla de Rafael Franco había sacado cuatro cofradías en menos de 40 horas. ¡Y sin relevos ni costaleros de refresco!

¿Cómo podía obrarse aquel milagro? Gracias a unos artistas así de chiquetitos que tenía Rafael Franco de peones: Los Ratones. La cuadrilla de palio de más baja estatura que nunca hubo. Así trabajaba con tanta gracia y casta. Cómo sería de bajita, que cuando le pidió trabajo a Franco tras la muerte de Angelillo, a Romerito el Figura, que iba en la última de palio en la cuadrilla de la Puerta Osario, lo igualó en la primera de Los Ratones. Y a El Boli, que iba en la última con Ariza, también lo igualó en esa primera de ensueño, con Manolín Barroso, con Juan Cruz, con Valentín Murcia y con Eduardo Vargas, a quien algunos proclaman verdadero creador de la voz de «Al Cielo con Ella».

En esa cuadrilla de seda y sándalo, en esos míticos Ratones, iba igualado el arte de Manuel Torralbo Rodríguez, costalero de Triana. De costero. Le gustaba llevar el faldón recogido, para que se viera que iba trabajando de verdad, sin aliviarse. Como todos aquellos grandes artistas. Como esa última de leyenda, con Antoñito, Vinagre y Barrera. Como todo el cuadrante que aún recuerdan los tinglados del muelle y las saetas de los balcones: Castillo, Boza, Cuenca, Pavía, Gracia, León, Manzano, Vega, Trigo, Acosta, Oliva, Domínguez, Reyes, Ojeda, Silva, Albarrán, El Loco...

Rafael Franco, con su terno negro y su señorío, se nos fue hace ya el tiempo que proclama un azulejo con su nombre en la esquina del Palquillo. El único capataz que durante cuatro Madrugadas sacó al mismo tiempo el Gran Poder y la Macarena. Por la rampa de la salida de una capilla, los peones de Los Ratones, la mejor cuadrilla de palio que nunca hubo, se nos fueron yendo, uno tras otro, de la corrida de la vida.

De Los Ratones sólo vive ya Manuel Torralbo. Aquellos alados pies con alpargatas hace ya años que no pueden andar. Aquella cintura que acariciaba el bamboleo de las caídas de palio va ahora en una silla de ruedas. Hasta Triana quiero que le llegue hoy, Torralbo, el homenaje del recuerdo a tanta perfección en el trabajo. Yo sé que cuando Torralbo va con su silla de ruedas, desde los martillos del cielo se oye la voz de terno negro de su capataz Rafael Franco, que le sigue diciendo, como mandaba las levantás a pulso:

—¡Que no se vea subir!

Yo sí veo ahora subir, Torralbo, la vieja casta del peón trianero de la cuadrilla de Los Ratones.
¡Óle ahí la gente güena!

Don Antonio Burgos Belinchon, a 24-XI-2008,para el diario ABC de Sevilla

lunes, 17 de noviembre de 2008

El Gran Poder salió del cuadro...



Luz antigua. De reverbero de farol de gas. De quinqués en los salones que dan a estos cierros. De candiles de aceite en las cocinas que se asoman a estos ocultos patinillos de verdina. De pronto, en la calle Miguel del Cid se hace el silencio. ¿En qué tiempo estás? ¿En qué hora? En el tiempo de siempre. A la hora exacta del corazón de la memoria y de la memoria del corazón. Avanza la vieja y dorada cruz de guía, la de los instrumentos de martirio de la Pasión, la que tú conoces tan bien de tantas madrugadas, la de la luz de aquel farol que aún te alumbra. Vienen los hermanos. Viejas medallas con el cordón morado. Las medallas que tantas madrugadas ocultó un antifaz por la calle Francos, por la plaza del Salvador, por Cuna en el parón de los Gitanos, cuando la noche había echado a freír en el perol de los puestos de calentitos la nazarena pescadilla que se mordía la cola por donde La Veneciana sacaba sus mejores espejos para que se reflejara el verdadero rostro moreno de Cristo.
Viene la hermandad. Los señores de la hermandad del Señor. Las señoras del Señor, con su medalla al pecho, colgada de una planchadísima y ancha cinta morada. La Sevilla señorial del viejo dicho, la de los hidalgos que ocultaban su ruina tras una ejecutoria guardada en estas salas de la planta baja, tan húmedas, con su zócalo de azulejos y su estrado isabelino: «De La Magdalena a San Vicente, se come solamente».

Cera color tiniebla. Caras que nunca viste, ocultas por el antifaz, pero que adivinaste tantas madrugadas por Castelar y Molviedro, ahora serias, inexpresivas. Tan de cera, tan tiniebla como el cirio que portan. Ni una palabra. Acaso, un gesto de saludo, una iniciática señal con los ojos, más cerca del «in ictu oculi» mañaresco que de la pompa y vanidad de saberse siervo del Señor. ¿Cuántas madrugadas están pasando ante ti en el andar trabajoso de estos viejos hermanos, los que salieron con el Señor de San Lorenzo, los que lo acompañaron de niños cuando fue a la Catedral porque había terminado la guerra, y marchaban tras Él todos los velos de blonda de todas las madres de todos los soldados que habían vuelto vivos de todos los frentes, y los mantones de luto, ay, de las que parieron a los muchachos que se fueron a Teruel o al Ebro y nunca volvieron? Ves las caras de estos hermanos y adivinas una vieja cofradía de San Lorenzo más cercana entonces de Fray Diego de Cádiz que de la nueva basílica.
Y en esto, como en un sueño, entre el incienso del silencio o el silencio del incienso, aparece por la esquina de Baños el mismísimo Gran Poder de Dios. Viene el Señor del convento de las Capuchinas, como el padre que se ha ido a vivir con una hija mientras le estaban haciendo obras en su casa. Padre de la Creación. Padre de la noche y del silencio de Sevilla. Padre de este viejo barrio de consultas de médicos, de bufetes de abogados, de habilitados de clases pasivas. Lo traen los hermanos sobre unas andas. No trae Jesús el paso acompasado, como torero, de pata alante, con que va hacia el monte Calvario todas las madrugadas, sobre el racheo de las alpargatas de los costaleros. No se oye más racheo que el latir de los corazones. Las lágrimas de emoción no rachean el paso.
El Señor viene sin su zancada. ¡Qué señor viene el Señor por el barrio de los señores! En su hieratismo, más sagrado que nunca. No se le mueve una espina de la corona de la sierpe. Ves su túnica bordada, tan estática, con tanta sensación de pesantez, y evocas de golpe todas las viejas estampas, todos los grabados de las salas y alcobas, todos los cuadros de todas las cabeceras de todas las camas. El Señor viene de grabado antiguo. De cuadro de casa de tu familia. Avanza, pero no anda, porque esta noche en que lo ves en la calle Miguel Cid, o en las barreduelas de tu memoria, es el mismísimo Gran Poder ante el que rezó tu padre, ante el que rezó tu abuela, ante el que rezó la sangre que se te pierde en el tiempo. El Gran Poder de los cuadros, con su vieja túnica bordada.
La otra noche, en la calle Miguel del Cid, yo vi andar al mismísimo Gran Poder que de niño tenía en el cuadro de la cabecera de mi cama. El Señor, tan señor con esa túnica, había salido del cuadro que estaba en todas las casas y en todos los corrales de Sevilla.
ANTONIO BURGOS BELINCHON,PARA EL DIARIO ABC DE SEVILLA
17-XI-2008


Fotografias de Roberto Villarica
Un saludo